sábado, 14 de octubre de 2017

El gran Dictador





Esta mañana tuve el placer de volver al cine para recrearme de nuevo con uno de los mayores filmes de la historia del cine. 
Decía Chaplin años después de dirigir y producir  esta obra maestra que de haber sabido lo que iba a ocurrir en aquella monstruosa guerra nunca hubiera encontrado el valor suficiente como para haberla hecho. Por suerte el film se realizó en 1939, poco antes de que el mundo viera uno de los peores desastres a los que se enfrentó la humanidad. 

Esta mañana me acomodé en la butaca y sonreí, reí, me emocioné y se me hizo un nudo en la garganta porque a veces nos encontramos con obras de arte intemporales que serán siempre actuales. Tras asisitir ensimismado la propuesta de Chaplin escuché con atención su discurso final, que hacía años que no escuchaba. Y precisamente hoy este me golpeó con una virulencia inusitada, violenta, fiera y desgarrada. Hipnotizado por la garra del barbero pude escuchar en él miles y millones de voces que antaño y todavía hoy claman por la libertad y la paz, por la justicia y la solidaridad. 
Salí del cine apesadumbrado pero feliz, cargado de energía y con mayor convencimiento en que los hombres y mujeres debemos luchar por un mundo mejor. 
No puedo escribir nada más ni mejor. Por ello les invito a escuchar el discurso final del film y a pararse a pensar después. 
 

sábado, 7 de octubre de 2017

Papá: por qué la policía nos pega?

Domingo ocho de octubre, pasados unos minutos de la medianoche. A estas horas hace una semana aguardaba con emoción una jornada que se presumía histórica. Por fin iba a poder votar y decidir la vinculación de mi nación con el estado español. Al igual que yo, millones de catalanes esperábamos emocionados ese momento.
La movilización ciudadana comenzó el viernes donde miles de catalanes ocupamos los colegios electorales para que la policía no los cerrara. Desde el mismo viernes nos organizamos en la escuela de mi hijo con un grupo de madres y padres (sí, diré que las chicas han movilizado mucho más que los hombres) preparando todo tipo de actividades lúdicas que sirvieran como excusa ante las insistentes visitas de los mossos d'esquadra. Papás y vecinos atrincherados en la escuela con el apoyo logístico de centenares de otros vecinos que se acercaban a repartir alimentos y otros enseres, con decenas de voluntarios preparando actividades, con la solidaridad y la colaboración de un barrio decidido a proteger la democracia. La noche del sábado fue especialmente tensa puesto que nadie sabía qué iba a ocurrir. ¿Cómo iban a llegar las urnas y papeletas?; ¿la policía española iba a presentarse y a desalojarnos a la fuerza?. Centenares de personas fueron apareciendo desde las cinco de la mañana a las puertas de todos los colegios de Catalunya dispuestos a hacer un tapón humano ante las puertas de las escuelas para que la policía no pudiera robarnos el derecho a votar. Recuerdo el cansancio acumulado, la tensión y también el miedo cuando junto a centenares de vecinos estábamos apostados ante las puertas del colegio mirando aturdidos en los móviles las primeras cargas brutales de la policía. Justo tres calles más arriba la policía nacional había atacado a la gente que protegía el lugar de votación junto al mercado del Guinardó. Reconocí en las imágenes a un vecino con la cabeza abierta tirado por el suelo.  Hicimos un escudo humano apartando a la gente mayor escuchando las sirenas de las lecheras. Estaban en la calle de arriba. Cada vez venían más vecinos corriendo para meterse en el escudo junto a nosotros. Seguíamos recibiendo imágenes preocupantes; esta vez en la escuela Ramon Llull, unas calles más abajo dónde ya había decenas de heridos. Aun así todo el mundo daba consignas pacíficas: levantar las manos, sentarnos en el suelo y agarrarnos unos a otros con fuerza. En mi vida había vivido momentos de tensión en la calle como estos. Estaba convencido que en pocos minutos vendrían a aporrearnos violentamente. Estaba convencido también que mi deber era quedarme allí, quieto y resistir ya no en nombre de la independencia sino en el de la libertad. Tras unos minutos de caos finalmente pasaron unas diez o doce furgonetas a toda leche por el Paseo Maragall sin hacer parada ante nosotros. Respiramos un poco y iniciamos las votaciones con muchos problemas debido a los ataques informáticos que España realizaba continuamente a la red de la Generalitat. Aun así, más tarde voté con orgullo. Y defendí mi escuela junto a ya miles de personas hasta las nueve de la noche, preparados todos ante la venida de las fuerzas de ocupación españolas enloquecidas  a la caza de urnas y votos, orgulloso de mis vecinos, de mi barrio, de las decenas de bomberos que vinieron a ayudarnos, de los centenares de abuelos que vinieron a votar y a los que hacíamos un pasadizo para que lo hicieran, aplaudiendo, emocionados, llorando y devolviendo el aplauso.

Esa mañana a las seis entraron las urnas y las papeletas en el colegio. Fue un momento tenso, con todo el mundo en silencio haciendo un pasadizo para que seis personas a todo correr sacaran las cajas de una furgoneta y las introdujeran a todo correr en el colegio. Voy a recordar ese instante toda mi vida puesto que me sentí un terrorista ayudando a introducir bombas en algún lugar, cometiendo un acto delictivo, sedicioso, de rebelión o como le llamen… en el fondo sentí una gran tristeza. Nunca llegué a pensar que presenciaría algo similar. Y precisamente esto, los sentimientos y las emociones es algo que jamás va a borrarse de mi mente. Por ello escribo estas líneas una semana después de los hechos, recompuesto, crítico pero más tranquilo. Y es que al igual que todos mis vecinos aquél fin de semana sentí hasta el agotamiento toda la gama de emociones posibles: rabia y verdadero odio (por fin entendí a mis cuarenta y cinco cómo empiezan las guerras), orgullo al ver cómo la ciudadanía respondía pacíficamente, ayudaba a la gente, se comprometía con algo, tristeza al ver la incomprensión de mucha gente de España, firmeza ante la expectativa de un ataque violento, miedo ante lo mismo, alegría al ver las lágrimas de ciudadanos votando, solidaridad para con mis compañeros ayudándonos y animándonos durante todo un fin de semana, vergüenza al ver la reacción de algunos políticos catalanes (léase psc i pp), felicidad al concluir la jornada, sorpresa ante lo inesperado de los acontecimientos. Una amalgama de emociones que me dejaron descompuesto y agotado. Y al igual que yo, centenares de miles de catalanes.

Lejos de querer escribir un panfleto político sólo pretendo describir mis sensaciones y sentimientos para que me podáis entender. Creo que poder compartir es sano y saludable. Antes que catalán soy persona, padre, educador y pedagogo, justo en ese orden. Y ciertamente comparto este escrito para que me podáis ayudar a dar respuesta a las preguntas de mi hijo a lo largo de la semana. Y es que cuando tienes un hijo de seis años que está viendo la agitación en la calle y en la familia y se interesa por lo que ocurre debes darle respuesta.

Ante las acusaciones de muchos organismos españoles sobre cómo los catalanes adoctrinamos a nuestros niños no voy a dar respuesta ahora; ante todo porque no merece respuesta y en segundo término porque sería adentrarnos en las cloacas en las que ellos se mueven. Pero sí que me gustaría compartir las conversaciones con mi pequeño, repletas de dudas y cuestionamientos.
En primer lugar no voy a obviar el mensaje que yo le di: "mira hijo; el pueblo de Catalunya quiere votar (el concepto de voto lo tiene claro) si queremos ser españoles o crear un nuevo país pero España ha dicho que no podemos hacerlo y que lo va  a impedir a la fuerza; por ello papá se queda en la escuela, para proteger los votos y asegurar que la gente `pueda votar". Ante sus inquietudes sobre lo que la policía española iba a hacer le comenté que no lo sabía pero que era posible que nos sacaran a la fuerza puesto que para ellos esta votación estaba prohibida a lo que me respondió "¿pero cómo van a querer prohibir que la gente vote?, en mi clase cada año decidimos cómo vamos a llamarnos y el proyecto a investigar…"
Tras ver las imágenes de violencia mi hijo me comentó que si él fuera adulto iba a reaccionar violentamente ante la policía española. Por ello dediqué varios días de esta semana a comentar con él que la violencia no soluciona nada y que sólo genera más desastres y que la mejor vía es la resistencia pacífica y el diálogo. Le recordé que una cosa son los políticos y la policía y otra las personas y le conminé a reforzar el amor incondicional que siente por nuestros familiares de Teruel a los que ciertamente adora y que son y se sienten españoles. Aun así debo hacer un pequeño paréntesis lleno de tristeza puesto que nadie me ha llamado o me ha  mandado un triste mensaje desde Teruel para saber si estamos bien… lo digo con una tristeza extrema puesto que yo amo a mi familia aragonesa con todo mi corazón.
Dicho esto, el resto de la semana seguí hablando con mi hijo sobre el amor a las personas y lugares, en este caso de España, que nada tenían que ver con el odio generado desde los medios de comunicación o los políticos al servicio de la casta española.

Finalmente creo que Oriol, mi pequeño, ha podido entender los conceptos básicos: que las personas debemos amarnos, que algunos no quieren dialogar y prefieren la violencia y que hay que aislarlos, que la libertad debe defenderse a toda costa, que la solidaridad de los vecinos y la comunidad es un valor a proteger, que los enemigos no son las personas sino los cuatro que manipulan y que quieren preservar sus intereses y que en el fondo los adultos muy a menudo actuamos de manera descerebrada ….

Sin embargo debo reconocer y lo hago públicamente, algunos errores míos esta última semana. Confieso: he insultado delante de mi hijo al presidente Rajoy y algunos otros psicópatas de su gobierno, he proferido maldiciones contra las fuerzas de ocupación españolas y en algún momento he llegado a decir ante mi hijo que se trata de malas personas sin corazón ni cerebro. Dejando a un lado que realmente creo que es así en muchos casos (no en todos) me siento culpable por ello y se me deshace el alma cuando escucho de su boca decir que "la policía española sólo quiere hacernos daño". La he cagado en esto y voy a intentar solucionarlo para que Oriol no sea un adoctrinado de mi tesis que la mayoría de españoles odia a mi pueblo. No voy a nombrarle esto. Lo juro. Porque no sería saludable ni ético. Que él llegue a sus propias conclusiones cuando sea mayor. Sin embargo sí que le voy a decir la verdad: que las fuerzas de seguridad nos han atacado por querer votar y que no lo veo justo ni moral aunque cumplieran órdenes.

Me doy por satisfecho con que mi hijo entienda esto y siga pensando que las personas catalanas, españolas o japonesas son, en general, gentes de bien con las que vale la pena convivir, disfrutar y amar.

 He podido librar a mi hijo de mis convencimientos catalanistas y de mi odio (sí, lo reconozco) a los aparatos del estado español. Y sí, lo haré público en un bloc de educación. Lo siento. Pero es así. Siento odio por el aparato estatal español, herencia directa del franquismo, herencia directa del caciquismo español de siempre, aristocrático, monárquico, centralista, herencia directa de una sociedad (la castellana) orientada y anclada en valores conservadores, feudales, herencia directa del fracaso de una estructura social anticuada, rancia, sojuzgada y apaleada, con miedo a mostrarse, con alergia a la libertad y con un letargo de trescientos años en los que se la ha adoctrinado en un nacionalismo español sin sentido para la sociedad pero con mucha utilidad para los amos de todo, esos que se abrazan al Opus, que viven en los barrios altos de Madrid, que iniciaron la guerra, que disponen de todos los recursos y ven a la ciudadanía como meros vasallos a su servicio, que se valen de medios de comunicación y políticos para seguir en la élite y que ahora mismo están empezando a cagarse de miedo porque están viendo que varios millones de personas se levantan contra ellos.

 Y amigos, de eso va la educación; de ayudarnos a progresar y ser libres. Y sí; yo soy educador social y pedagogo. Amo la libertad. Odio la tiranía. Y en eso estamos. Y en días como los actuales recuerdo a uno de mis referentes educativos de siempre, el gran pedagogo catalán Ferrer i Guardia, fusilado por el estado español por propugnar una educación libertaria. Y me doy cuenta que además de trabajar por la paz y la concordia, los profesionales de la educación también debemos mojarnos y si cabe denunciar, salir a la calle, comprometernos o correr ante la policía para matar; sí, matar, al fascismo que resurge ante las amenazas de libertad. Amigos educadores, eduquemos en la libertad y la justicia. Eduquemos en el respeto, el diálogo y la participación. Somos educadores … pero somos seres políticos, no lo olvidemos nunca. Por la libertad!