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domingo, 28 de junio de 2026

EDUCACION SOCIAL Y ANSIEDAD 3.0

 


Soy consciente que lo que expresaré en las siguientes lineas no me va a hacer muy  popular especialmente entre todos aquellos profesionales menores de 35 años (por poner una frontera). Por supuesto que  No es mi intención negar cuadros realmente limitantes de ansiedad generalizada ni situaciones de salud mental realmente incapacitantes para trabajar. Por supuesto que no voy a atreverme a juzgar a nadie  ni valorar situaciones concretas. Simplemente quiero analizar un hecho con el que ya hace años que me voy encontrando y con el que puedo generar hasta una pequeña micro estadística que más adelante os explico.

 

Antes que nada, algo de contexto. Como algunos sabéis soy el director de unos pisos de autonomia de 12 plazas para menores de edad. También dirijo otros tres pisos más para extutelados. Pero vamos a centrarnos en los primeros puesto que a día de hoy -por cierto, domingo- son los que  más me quitan el sueño. Y no, no es tanto por los chicos como por las múltiples bajas y “semibajas” en el equipo. Matizo que para mí la “semibaja” es aquella situación en que soy consciente del malestar continuado de alguien que le podría hacer “caer” ante una incidencia compleja. Y por lo que respecta a los chicos pues sí, tenemos ahora mismo a uno que nos ha reventado el centro y su dinámica. No se trata de un adolescente “peligroso” en el sentido que agreda al equipo (que a veces sí) sino más bien alguien de conducta insostenible y continuada que rompe objetos, que persigue a los educadores contínuamente, que chilla, roba y hace la convivencia imposible absolutamente todo el dia. A parte del equipo tenemos a vecinos y los otros chicos ya sin paciencia. Es lo que ocurre cuando hay un ingreso que para nada es perfil de un proyecto. Una pena.

 

Las bajas, de momento dos y una tercera de una profesional que iba a hacer las suplencias de medio verano tienen todas en común el mismo término: ansiedad. Y entre los profesionales aún activos también hay dos más que han nombrado esta palabra en algún momento. Realmente para ponerse a temblar puesto que la sensación que tengo es -excepto tres profesionales más que sí que los siento fuertes- la de pura soledad ante todo. Mi “ansiedad” me la tengo que comer con patatas y asumir que la próxima semana tal vez me toque trabajar de lunes a domingo unas doce o trece horas diarias haciendo de educador a la vez que gestiono el tema de RRHH, las horas de cada suplencia, los últimos informes, reuniones, familias, permisos, matrículas para el curso que viene, pagos, cajas, programación de actividades y un pre-proyecto que debo entregar a DGPPIA entre otros. Pero mi ansiedad de hombre de 54 años ya la encajaré donde sea.

 

No es mi propósito hoy mostrarme crítico aunque me sienta contrariado. Simplemente quiero mostrar la realidad de una situación que, muy a menudo, vamos hablando la gente de mi generación. Se trata de aquella afirmación sesgada y algo peligrosa que “los jóvenes son extremadamente frágiles”.

Si, si, que no se me enfade nadie. En mis últimos diez años como director recuerdo (las tengo contabilizadas) 12 bajas por ansiedad. Todas ellas, absolutamente todas, con menores de 30 años. De los mayores de 35 años sólo recuerdo una de una educadora por un tema familiar grave. Ya sé que esta estadística es un auténtico churro, lo sé. Pero sigue siendo un dato importante y objetivo: sólo los y las educadores jóvenes pasan por estos malestares. También es justo decir que hay otro porcentaje importante de jóvenes que muestran una fortaleza encomiable.

 

Con todo ello me gustaría comentar algunas cosas:

  1. Empatizo totalmente con este nuevo “sentir” de la gente más joven que empieza a despertar (y rebotarse)  ante la idea que la vida “es así” y que deberán conformarse con trabajar como bestias para el beneficio económico de alguien sin posibilidades de progresar económicamente (comprarse una casa, etc) llegando a crisis existenciales juveniles que les lleva a valorar la posibilidad de querer una vida más “feliz” que “productiva”, que les lleva a rechazar las vidas centradas en el trabajo que han tenido sus padres. Me encanta esta mirada y la encuentro ciertamente revolucionaria. ¿Qué sentido tiene dejarte la piel para el beneficio económico del empresario, la multinacional o lo que sea?
  2. Esta nueva mirada juvenil lo impregna todo y a menudo lleva a algunos jóvenes a perderse en una maraña ideológica que mezcla ideaciones de la extrema derecha… aquello de “los que no emprenden son unos fracasados”, “el actual sistema social premia a los vagos y no al individuo que se esfuerza por si mismo” y tantas otras. En nuestro caso, el de los educadores y educadoras jóvenes siento que empiezan a trabajar con una buena dosis de vocación ya sea puesta en un ideario social o en la idea de poder acompañar a otros y de encontrar su valor siendo de utilidad para la sociedad. Ello me enorgullece y procuro recordárselo tanto como puedo para que se sientan reconocidos aunque el reconocimiento social (el del salario) sea una auténtica MIERDA en comparación al valor social que generan y aportan.
  3. Los educadores y educadoras jóvenes se deben enfrentar a retos monumentales en el acompañamiento a niños y adolescentes con mochilas cada vez más cargadas de traumas y maltratos. Eso mismo me tocó a mi hace treinta años con muchísimos menos recursos (menos gente), menor salario y condiciones a menudo indignas. Por suerte ya no estamos ahí y la profesión ha evolucionado mucho. Pero cuando regreso al pasado no consigo recordar casi situaciones de “burn out” absoluto ni bajas asociadas a la ansiedad. Si que vivimos situaciones límite y brutales, agresiones y desvaríos varios -tal vez peor que ahora puesto que disponíamos de menos recursos- pero los jóvenes de entonces no caíamos al pozo en el mismo porcentaje que en la actualidad y quien lo hacía -recuerdo casos- caía en situaciones graves de depresión mayor u otras tal vez más asociadas a situaciones personales y familiares que centradas en el trabajo.
  4. ¿Qué está pasando? ¿Cómo es que lo que antiguamente la gente joven podía sostener y ayudarse en equipo ahora mismo no se sostiene y además se contagia?

 

No quiero que se moleste nadie puesto que no quiero culpabilizar ni señalar aunque la comparación en épocas es una obviedad.

 

Realmente me siento mal puesto que los que “van cayendo” (además de sentirse fatal ellos mismos, en los casos que conozco no hay ninguno/a de "cuento") van cargando de más trabajo a los que siguen y en último término a mí (que nadie cae en que los y las directoras estamos solos con el peso último de todo y no se nos permite venirnos abajo nunca). Y me siento mal también porque los chicos y chicas acogidos son los que terminan de pagar el pato con demoras en sus procesos, vacíos repentinos en sus tutorías, descontrol en sus actividades y pérdida de referentes clave para sus vidas.

 

Dejando de lado que hoy me siento tremendamente frustrado tiendo a poner la mirada al frente y preguntarme qué se puede hacer. Y no tengo muchas respuestas, más bien más dudas y preguntas:

 

  • Desde el punto de mira laboral muchos me hablaréis ahora de conseguir  condiciones dignas (salarios equitativos con la función pública, por supuesto), sobrecargas horarias, agresividad de los chicos, mala gestión organizativa, etc y estaré de acuerdo al cien por cien aunque también es cierto que hace años era infinitamente peor y no nos encontrábamos en esta situación. Pese a todo ahora parece, por lo menos en mi tierra, que las instituciones de gobierno empiezan a darse cuenta del maltrato en que vive la Acción social.
  • Desde mi mirada como director siento que algo no habré hecho bien. Puede ser desde la misma selección no habiendo procurado mayor equilibrio de edades y experiencia o tal vez mi incompetencia para acompañar de manera personalizada a cada profesional para ayudar a sacar su mejor versión o puede que tal vez debiera haber mantenido mucha mayor presencia en momentos complejos (aunque mi gestión siempre peca de demasiada intervención debiendo después trabajar en casa el apartado de gestión).
  • Desde la mirada psicológica voy más perdido. ¿Qué hace que la gente más joven se hunda ante situaciones que -a mis ojos de jubilado en 11 años- no me parecen tan estresantes como para romper a uno? ¿Realmente tengo una mirada tan “viejuna”? Soy consciente que no se trata de un caso aislado puesto que cuando hablo con las direcciones de otros recursos le pasa más o menos lo mismo y todos los mayores nos preguntamos como enfocar la situación..
  • Desde una mirada más sociológica soy consciente del cambio generacional y que el áuge de las problemáticas en salud mental es solo la punta del iceberg en las sociedades contemporáneas y que hay una multicausalidad en todo ello: cambios en las estructuras familiares, en la rapidez de acceso a la información y desinformación, en la menor gestión de la frustración motivado por una educación familiar y escolar distinta y algo perdida, el áuge de nuevos códigos acerca de la “felicidad” y la “superación personal”, la importancia vital de lo “instantáneo” y la pérdida de los procesos complejos que requieren paciencia, creatividad y resiliencia o la angustia generacional que los grandes medios se empeñan en instalar.
  • Desde la mirada profesional y respecto a la formación creo que las universidades no están ni remotamente sintonizadas con el día a día de los centros. Me sabe mal puesto que yo trabajé en la Universidad de Barcelona y recuerdo con mucho cariño los espacios de trabajo con los alumnos referente a sus prácticas profesionales. Recuerdo esforzarme tremendamente en acompañar a los jóvenes volcando mi experiencia para que se sintieran fuertes, resilientes y fueran ganando seguridad. Conozco algunos profesores que así lo hacen actualmente pero el resultado final es muy deficiente. Salvo excepciones de muchos jóvenes educadores y educadoras con una fuerza y resiliencia encomiables, es muy común encontrarse con profesionales que -sin experiencia alguna- rechazan horarios de tarde o de fin de semana o que les cuesta sostener situaciones estresantes con adolescentes.

Desde esa  mirada profesional creo que es imprescindible todo aquello relacionado con el "autocuidado" del equipo ya sea en forma de supervisión de equipo o con formación más centrada en el autoconocimiento personal, emocional y la autogestión. Todo ello creo que debiera trabajarse también desde la universidad puesto que nuestra profesión conlleva vivir en el conflicto, exponernos y trabajar desde límites asertivos claros y todo ello sin dejar de ser nosotros mismos.

 

Y desde esta mirada de "ser nosotros mismos" es como educamos y acompañamos a nuestros niños/as y adolescentes. Y ese "nosotros mismos" debe sentirse seguro/a, asertivo y fuerte en su vida para poder hacer sentir seguras a las personas que acompañamos. Y para ello debemos hacer un ejercicio solitario y sincero de introspección para conocernos a nosotros mismos de verdad. Esa cuestión milenaria del Oráculo de Delfos es hoy tan importante como siempre lo ha sido: "conócete a ti mismo".

 

Y ahora la pregunta que tarde o temprano deberemos hacernos todos: "¿qué causa realmente mi angustia y impotencia vital? "