Querida colega:
Intento no sobrecogerme al pensar en tus últimos momentos, pero
no lo consigo. Por lo que he podido leer, parece que te mantuviste firme en una
decisión, y ese límite fue el desencadenante de la brutal agresión y asesinato.
No puedo ni imaginar esa escena. Duele demasiado. Y duele tanto porque todos, o
casi todos, los colegas de esta profesión nos hemos encontrado en instantes
similares, donde la duda no radica en el tipo de intervención, sino en el
mantenimiento o no de la misma por pura seguridad. ¿Cuántas veces yo mismo, o
decenas y decenas de profesionales que conozco, nos hemos encontrado en la
seria duda ante una intervención compleja por la posibilidad de ser agredidos
físicamente? Lamentablemente, las agresiones se producen y forman parte del día
a día de muchos proyectos residenciales.
En mi vida profesional de más de 25 años, he sufrido unas dos o
tres agresiones físicas directas (entiéndase aquellas que no derivan de un
calentón puntual, empujón o encaramiento agresivo, sino que van mucho más allá)
por parte de adolescentes, y tal vez haya pasado por centenares de situaciones
violentas, como contenciones mecánicas (algunas con violencia extrema) en casos
de peleas, destrozos materiales, autoagresiones o descompensaciones de origen
psiquiátrico o emocional. También habré pasado por decenas de serias amenazas y
por multitud de momentos difíciles de explicar, pero que podemos resumir en la
idea clara de que mi integridad estaba muy en entredicho: empujones ante
limitaciones, encaramientos serios, negativas extremas, etc.
A través de los años, he estado en medio de peleas con navajas y
palos, con amenazas de muerte y otras más sutiles o no por parte de familiares
y jóvenes, sofocando proyectos de amotinamiento y amotinamientos en toda regla,
llevando a las puertas de la comisaría a algún chico que había apuñalado a
otro, sosteniendo momentos tensos, tensísimos, ante o junto a adolescentes en
situaciones totalmente límite, acompañando y reconduciendo situaciones fuera de
control.
Y no. No soy ningún supereducador ni un ente sobrehumano. Soy
David, una persona que siente, padece, sufre, tiene miedo y es vulnerable. Otra
cosa es que, con el pasar de los años y con la experiencia acumulada, tienda a
relativizar la crudeza y peligrosidad de las situaciones, y haya desarrollado
multitud de habilidades para mediar, confrontar con calma, anticipar
situaciones agresivas, medir bien el límite, tener paciencia o seguridad cuando
todo se descontrola. Parece complejo. Y lo es. Mucho. Con muchos años de
profesión, puedo entender que un o una profesional con menos de 10 años de
experiencia corra muchísimo más riesgo que yo, al no ser aún un o una
especialista en todas estas herramientas. Y yo mismo, aun contando con la
experiencia, tampoco estoy a salvo de nada, tal y como he podido comprobar en
situaciones puntuales los últimos años.
Cuando te imagino en tu lugar de trabajo, instantes antes de que
los chicos te atacaran, intuyo que ya sabías que algo iba a pasar. Eso se
huele. Aun así, tuviste la valentía de mantener tu límite claro y fuerte. Y
ello te costó la vida.
En la concentración en tu recuerdo que hubo al día siguiente en
Barcelona, me encontré a varios conocidos de profesión. Me alegró mucho
encontrarme con Vicenç, un antiguo compañero educador en mi primer trabajo como
educador en medio residencial, en el único centro de la DGAIA que existía por
aquel entonces dedicado a adolescentes con problemáticas de salud mental.
Corría el año 1995, justo ahora hace 30 años. Con Vicenç rememoramos algunas
experiencias en aquel centro único: motines, chicos desbocados, agresiones,
destrozos, tensión extrema. ¡Pese a todo, lo recordábamos con cariño!
Ese recuerdo me hizo pensar en que el sistema de protección (al
menos en Cataluña) ha avanzado bastante en cuanto a normativas, protocolos,
organización, herramientas, sentido educativo y estructura, pero en esencia
sigue siendo el mismo. Y lo sigue siendo porque su objetivo fundamental
(proteger y educar en un entorno seguro) sigue dependiendo casi exclusivamente
de las personas que están a cargo de todo, o sea, nosotros y nosotras. Y
seguimos haciendo nuestro trabajo en el mismo ámbito residencial exactamente
igual (con adaptaciones y mejoras), pese a que la sociedad en que vivimos se
asemeja poco a la de los años noventa: sin internet, sin población extranjera,
con dificultades de acceso de muchas familias a servicios básicos, sin bandas
juveniles como las que se mueven ahora, sin tantas situaciones límite en salud
mental en la adolescencia, con violencia desatada, pero algo más de respeto por
el mundo adulto, con mayor estructura familiar o comunitaria, con algo más de
redes sociales (¡las no virtuales!) que hoy día… todo ello pueden ser
argumentos muy discutibles. Sin embargo, lo que no es discutible es que el
sistema no ha evolucionado a la par que la sociedad. Y no lo ha hecho no por
falta de creatividad, investigación, motivación, profesionalidad e iniciativa
del sector de la educación social, sino más bien por pura desidia política. Tal
cual. Y aquí dará igual el color político que busquemos; tal vez en sectores
progresistas encontraremos propuestas más concretas, pero la tónica general se
resumiría en "30 años de ir pasando".
Ya sabemos que la protección a la infancia no es precisamente un
ámbito que remueva sentimientos electorales. Tal vez la educación y la salud sí
que lo sean mucho más, y aun así vemos cómo progresivamente han ido perdiendo
peso en su universalidad y proyección. Tanto la salud y la educación -en
comparación con el sector de la protección a la infancia o en general de la
educación social- están mucho más regulados, accesibles, financiados, con
convenios muy superiores y considerados como "indispensables". En cambio,
el sector socioeducativo no es considerado como "indispensable",
aunque trate con aquella parte de la sociedad con mayores dificultades y que
necesita mayor acompañamiento y apoyo. Y no, no nos engañemos. El Estado no
financia estos servicios por "amor al arte" o por "ayudar a los
necesitados". Si deconstruimos un poco la historia, sabemos que nuestros
orígenes se basan en aquello del "control social" al que aún a día de
hoy rendimos pleitesía los y las educadoras; tal vez sin darnos cuenta, tal vez
apelando a nuestro servicio de vocación o tal vez sin pensar nada. Así pues,
nos encontramos en la paradoja de que somos "imprescindibles" para
asegurar una parte de ese control social del que nacimos, a la vez que somos
tratados de "vocacionales", "semi-hippies" o hasta de
"inocentes", permitiendo todo ello que nuestros convenios, salarios,
condiciones y proyectos puedan estar literalmente en el barro.
Belén, igual que todos sus compañeros y compañeras, asumía una
tarea profesional compleja, atascada en un conglomerado donde su trabajo estaba
desvalorizado socialmente, donde no se tenía suficientemente en cuenta su
seguridad (la letárgica "falta de medios" a la que tan acostumbrados
estamos), donde su trabajo cotidiano se invisibilizaba por no resultar
"productivo" en nuestra sociedad utilitarista, donde se apelaba a su
sentido "vocacional y solidario" para sostener según qué condiciones
y tareas, y en la que más de una vez habría escuchado aquello de "qué
bonito y reconfortante es tu trabajo" o bien "si lo que querías era
ganar dinero, haberte dedicado a otra cosa".
Igual alguno/a os habréis sentido algo reflejados. Y no, la
guerra no debe ser sindical, como otro de los profesionales que me encontré en
la plaza Sant Jaume me sugirió bajo lemas contra las organizaciones que
gestionan centros, las fundaciones, etc. Precisamente él está hoy día a la
cabeza del aparato sindical en la organización en la que hace 20 años era un
paupérrimo educador al que le costaba intervenir, y cuando lo hacía
acostumbraba a enmarañar su actuación inculpando a chicos, compañeros o dirección.
A fin de cuentas, las organizaciones -pese a que existen prácticas mafiosas en
algunas- dependen de la financiación pública casi en exclusiva y no disponen de
gran margen de maniobra.
No. La guerra tampoco debe hacerse desde los medios. Fijaos en
la popularidad de nuestra profesión estos últimos días; todo son noticias sobre
nosotros y muy especialmente sobre los terribles niños y adolescentes a los que
atendemos; tan temibles y abyectos que muchos de los medios empezarán a hablar
de la famosa ley del menor, la inimputabilidad y cosas parecidas. Y hemos
tenido suerte de que los presuntos asesinos no fueran extranjeros….
Preparémonos para estos nuevos debates que van a surgir; debates estériles y
que los partidos políticos van a aprovechar para rascar votos.
No. La guerra, si es que hay alguna, la debemos hacer nosotros.
Debemos mostrar mucho más lo que hacemos, los resultados evidentes y
demostrables de nuestros trabajos, ya sea en centros de protección o centros
abiertos. Debemos escribir mucho más; enseñar cómo trabajamos y con qué medios.
Evidenciar que por cada adolescente infractor con el que hemos trabajado pueden
haber 100 más que han conseguido una vida plena y autónoma. Presentar a la
ciudadanía nuestros proyectos educativos y cómo de importante es acompañar de
manera profesional y estable vidas de niños y niñas. Señalar que nuestra
profesión requiere de una sensibilidad especial que no debe confundirse con la
flaqueza y que requiere de una extraordinaria fortaleza. Expresar que nos
dedicamos a un trabajo esencial de nuestra sociedad que debe ser conocido,
respetado, financiado y cuidado.
Sigamos orgullosos de nuestra profesión.
Hagámoslo por nosotros y también por Belén.