Ese tipo de la foto soy yo. Como podréis observar, no muestro hoy una alegría deslumbrante ni mi sonrisa se refleja hoy en la cámara como procuro a menudo. No. Hoy estoy en uno de esos días que podríamos catalogar como grises, y no será por el tiempo, que hoy la Costa Brava me ha regalado una de esas mañanas de septiembre soñadas, con un cielo azul rabioso y un sol contundente pero contenido.
Ayer y hoy me he dedicado a trabajar a destajo junto a mi hermana. Nos hemos empleado en cuerpo y alma a vaciar el apartamento que teníamos alquilado en el pueblo desde siempre, ese en el que cada rincón nos recuerda mil anécdotas desde nuestra adolescencia, pasando por la juventud y los primeros pasos de nuestros hijos, esos que hoy deambulan por la adolescencia.
En el contenedor he abandonado mi raqueta de tenis. Debía hacer unos treinta años que no la veía, escondida bajo unas cajas debajo de mi cama. Cuando la guardé ahí ya debía tener, por lo menos, unos diez años de historia. Recuerdo bien el día en que me la compraron, en la tienda de deportes de Gracia. El vendedor le explicaba a mi madre que ese modelo era perfecto para un jugador nobel como yo. No se trataba de una raqueta de grafito (por aquel entonces era lo mejor), pero tampoco era una sartén con cuerdas. La verdad es que yo no tenía ni idea. Llegué a esas clases de tenis en el pueblo por casualidad, porque todos mis amigos jugaban y estaban apuntados. Sin embargo, yo era un paquete y tampoco el tenis me emocionaba lo suficiente como para dejar de tratar ese instrumento con cuerdas como si de un bate de béisbol se tratara.
También he dejado por ahí perdido mi estupendo balón de básket Caplan, ese que me regalaron los papás de mi amigo Juli el día de mi primera comunión. Lo recuerdo bien. Con mis ocho años aún intentaba botar medianamente la pelota en el equipo de La Salle, pero tampoco en ese deporte iba yo a destacar.
El sagrado tazón reciclado de Nocilla que durante cuarenta años me ha servido mis desayunos de verano, mi chándal (¿aún se llamará así?) ochentero que sería la envidia de un fan de Michael Jackson, las gafas de buceo de mi padre, los cuadros pintados por mi tía, el hinchable de Pepsi y el de la pelota Nivea, las marcas en la pared del crecimiento de mi hijo y sobrina, las toallas antiguas de mi madre, la mesa plegable de la cocina que ya vino heredada de la antigua casa en Tona, el carrito-servidor plegable que formaba parte de la cocina de mi casa de Barcelona desde mis primeros recuerdos, ¡la manta a cuadros marrones del yayo!
Por cada rincón, decenas de objetos trasladándome a otras épocas, evocando celebraciones, risas, anécdotas, broncas, llevando al presente personas que ya no están entre nosotros, como mi padre, o amistades, exparejas y visitas. Todo ello se ha estado dibujando en mi mente estos últimos dos días.
Esa nostalgia abrumadora de instantes pasados, pérdidas y momentos que ya no volverán. Todo ello materializado en objetos, pero también en intangibles como ese chapuzón delicioso que he disfrutado a primera hora, en que cada uno de los rayos de sol sobre mi cuerpo sacudían mi mente agolpando todas las sensaciones en la playa de tantísimos años: todos y cada uno, desde mi madre apremiándome a salir del agua para ir a comer, mi padre con todas las cañas de pesca, el primer baño en el mar de mi hijo, las excursiones por los camins de ronda, nuestra Cala Secreta (que sólo conocemos mi hijo, sobrina y yo) o mi cabreo infantil cuando esas gordas amigas de mi madre me petaron la barca hinchable por sentarse encima cuando estaba varada en la playa.
Me voy hoy con un nudo en la garganta. Para ser sinceros, debo reconocer que las lágrimas me han invadido en diversas ocasiones. La más jodida fue ayer por la noche, cuando nada más llegar fui a buscar mi foto de adolescente en la playa junto a mi padre en el espigón de la platja gran y no la pude encontrar. De todo lo que quería llevarme del apartamento, tal vez esa foto fuera el objeto más preciado… Sí, ya sé, sólo es una foto. Pero en ella estaba yo con catorce años junto a mi padre despeinado, con su cigarrillo en la mano, en un día cualquiera de un verano del ochenta y seis. Al fondo se veía tirada en la arena a Lourdes y varios niños más entrando al agua. Era una foto sencilla, tal vez ridícula por lo pueril de las poses. Pero era mi foto, una imagen siempre presente en mi habitación de la que me conozco de memoria todos los recovecos y detalles. Me pregunto ahora: ¿quién nos la haría? Sea como sea, ha desaparecido, y eso fue motivo de un llanto amargo ayer por la noche.
No estamos acostumbrados a soltar. En ello pienso mientras me alejo del pueblo en el bus que me traslada a Barcelona. Mi mente se nubla una y otra vez al intentar convencerme de que tal vez hoy haya sido el último día de mi vida que disfruto de esa playa. Y no puedo dejar de pensar en todos los instantes vividos en esa casa, en mi familia, en mis aprendizajes, en las aventuras vividas y también en los fracasos.
Todo ello se me agolpa en la garganta, justo en ese punto que dificulta tragar saliva y parece que vaya a doler el pecho. Pero curiosamente la saliva desciende lenta pero segura a su paso, disipando esa expectativa de dolor. Pienso en ello cuando entiendo que nuestra educación no contempla el aprendizaje de «soltar». Y no forma parte de nuestros aprendizajes porque el sistema cultural del que formamos parte se basa (en una descripción inapropiadamente simplista) en el premio a la acumulación, la esperanza de la posesión de objetos o intangibles, la convicción de que «tener» equivale a «ser» y la sutileza popular de que «cualquier tiempo pasado fue mejor».
Otra lágrima se derrama en mi camiseta. Observo el paisaje y a mi izquierda se aparece el Mediterráneo. Como un mantra me acompaña buena parte del camino. Sus aguas me han proporcionado infinidad de instantes placenteros a lo largo de toda mi vida. Este mismo verano, mientras buceaba en mi cala secreta, se reveló ante mí la consciencia instantánea de que ese momento era uno de mis mayores retazos de pura felicidad. Aprecié ese pensamiento y lo envolví cálidamente en mi corazón. Centenares de baños en Cala Foradada, decenas de veces agradeciendo poderla disfrutar, pero nunca antes como en este último instante de julio. Para mí no es tanto un recuerdo como una verdadera parte de mi ser, no en el sentido de posesión o experiencia, sino en el de identidad absoluta. Yo formo parte de esa cala y ella forma parte de mí. Siento la felicidad de formar parte de algo maravilloso, a la vez que me enorgullece que esa belleza forme parte de mí. Ya no sentiré pena o nostalgia triste cuando piense en mi cala secreta, sino felicidad, emoción y reencuentro conmigo mismo.
Como educador, me pregunto por todas aquellas maneras distintas y desconocidas en que nos podría alguien guiar para transitar mucho más abiertos de mente por este mundo. Observo que en otras tradiciones culturales se acostumbra a celebrar mucho más el momento presente, el «aquí y ahora». Observo también cómo en lugares ajenos a la cultura occidental capitalista se da especial relevancia al aprendizaje vital, a las «lecciones de vida», pero no desde una óptica moral o ética, sino desde una vía de crecimiento espiritual en el que no tiene sentido la acumulación experiencial, sino sólo el puro cambio personal envuelto en gratitud.
Esa envoltura permanente en gratitud me agrada especialmente. Me da paz y alegría. Me ayuda a poner en valor todas mis experiencias en este apartamento tan querido y a dotarlas de un sentido distinto, casi mágico, para que una a una se puedan reintegrar en mí, pero ya no desde un punto final nostálgico, sino desde toda la felicidad que sentí (siento), desde todo aquello que aprendí (y reaprendo), desde todos a los que amé (y amo).
Y llegados a este punto (y también a Barcelona), vuelvo a preguntarme cómo podemos los profesionales de la educación reinventarnos para ir más allá; mucho más allá, tanto que podamos acompañar a las personas en su propia reflexión metacognitiva - o, dicho de otro modo, cómo razonar y darle sentido a nuestro propio pensamiento, entendernos mejor, reconocernos en toda la marea de ideas, recuerdos, imágenes, en ese barullo interminable de rumiaciones en las que nos hallamos inmersos tan a menudo y en las que las injerencias emocionales se entremezclan con las cognitivas y las morales—.
Ese trabajo educativo de acompañar los aprendizajes ajenos resulta complejo, tal vez nefasto, si no somos nosotros mismos los primeros en ponernos en juego, en observarnos y apreciarnos, en reconocer nuestros puntos débiles, fallos, esfuerzos o puntales, y en poner en práctica aquello que el Oráculo de Delfos proponía hace milenios… Conócete a ti mismo. No vamos a hacer una buena práctica educativa jamás si antes no nos observamos a nosotros mismos... si no llegamos a ser nuestros propios maestros, no lo seremos nunca de nadie.