Vistas de página en total

google analytics

sábado, 17 de octubre de 2026

Educadoras i Educadores: POLITIK SYSTEM

 


Mi libro "Peones y otros relatos" disponible aquí.

A estas alturas de mi vida profesional nadie me va a poder discutir que nuestra labor cotidiana debe disponer de una carga política evidente y sostenida. Y si alguien me quiere llevar la contraria, se va a encontrar de frente con mi espalda y cogote.

Somos educadoras y educadores sociales. Trabajamos en diversidad de servicios acompañando a personas vulnerables y debemos creer y construir un sistema donde la igualdad de oportunidades sea el faro que tomamos como referencia. Tema aparte podría ser que todos estos profesionales dispongamos de unas condiciones laborales tan precarias que nos acercan económicamente a la población con la que trabajamos, aunque este tema ya es harina de otro costal.

Sobre la cuestión de nuestra orientación política, creo que es mucho más que evidente que —ocupación obliga— nuestro colectivo profesional se ubica (o debería estar ubicado) en las posiciones progresistas más a la izquierda. ¡Ojo! Que no hablo de esta pantomima de democracia typical spanish que nos han vendido y que no es más que una partitocracia ridícula y corrupta, sino más bien de un posicionamiento ético-moral y, por ende, político. Una cosmovisión centrada en cómo el individuo convive en el colectivo regido por unos valores —estos sí, teóricamente democráticos— como la libertad, la igualdad, la justicia social, la fraternidad y la armonía social.

Así pues, en nuestra práctica cotidiana debemos integrar esa mirada continuamente: en cada intervención, en todo proyecto, en cualquier informe, con cada persona de la que somos referentes. Y sí, es una obligación. La educación, y la educación social muy en particular, es un constructo práctico surgido de una teoría histórica (la Pedagogía Social) destinada a la movilización social, al cambio y a la generación de oportunidades. Menuda mierda de profesionales seríamos si cada día no tuviéramos todo ello muy, muy clarito en nuestros puestos de trabajo.

Cierto es que no cambiaremos el mundo en una sola acción, pero tal vez la suma de miles de intervenciones ayude a ello.

Tal vez los profesionales más jóvenes no hayan bebido tanto de las fuentes teóricas críticas que los más viejos sacralizamos allá por inicios de los noventa, pero da igual. Todos juntos formamos un colectivo que trabaja en la brecha social más abyecta y profunda. Tal vez poca gente en la sociedad disponga de una mirada tan clara como la de nuestro colectivo para poder explicar cómo funciona la desigualdad social, cómo se generan las problemáticas sociales, los disparadores de la marginalidad, la brutalidad con la que el sistema expulsa al individuo de los cauces de «la normalidad» o la injusticia hecha ley. Nosotros y nosotras lidiamos con todo ello a diario.

Ya hace semanas que me voy «cargando» observando lo que ocurre a mi alrededor: el auge de las derechas y los partidos ultra en el Estado español y en medio mundo; los chavales jóvenes en España blandiendo el brazo en alto proclamando consignas fascistas; los jóvenes rebotados por el tema de la vivienda que por fin han salido a la calle a ocupar las plazas de las ciudades más importantes; la dualidad y la confrontación social cada vez más marcada y violenta en España, Francia, Brasil, Albania, Argentina, Portugal, Alemania o Reino Unido; el genocidio israelí que no impresiona a nuestros políticos; la psicopatía de las grandes corporaciones, los gobiernos y las organizaciones mundiales…

Nos están llevando en volandas hacia confrontaciones civiles violentas en el interior de cada Estado y hacia preparaciones abyectas de supuestas guerras (en Alemania, Polonia, Suecia y Gran Bretaña todo son avisos de una guerra inminente contra Rusia), precisamente en el momento de la historia de mayor desarrollo económico, industrial y tecnológico, en un contexto mundial donde lo único que debería preocupar a los seres humanos debiera ser la supervivencia de nuestro planeta y la distribución equilibrada de los recursos.

Pienso en todo ello y me vienen a la cabeza asesinos como Trump, el israelí de nombre inventado y sus secuaces, los payasos en la OTAN, la ONU, la UE, los títeres psicópatas de los partidos políticos españoles, agitadores penosos de la extrema derecha, la corrupción y la absoluta indiferencia y mirada acrítica de la gran mayoría de la población… Esa mirada acrítica que el otro día hizo que casi me diera un ictus cuando una de las chicas de mi centro de menores me acompañó a la hora del almuerzo y, en medio de la conversación, me dijo que ella creía que lo mejor sería —de poder votar, que por suerte aún tiene diecisiete añitos— escoger a VOX.

Y es que no somos conscientes de que nuestra intervención tiene un carácter político. Sí, por supuesto. Porque trabajar con la persona, sus potencialidades, habilidades y cualidades también incluye detenerse en la clarificación de valores, explorar la dignidad personal y reconocerse en un determinado contexto social. Saberse clase trabajadora, por ejemplo (lo que somos la inmensísima mayoría de españoles y europeos, aunque a muchos les hayan hecho creer que por ser CEOs de una tienda, tener un mayor salario o ser pequeños autónomos son «clase alta») y querer participar. ¡Qué digo querer participar! ¡Exigir participar en la construcción de su Estado! Todo ello pasa por reconocerse como ciudadano de derecho, y nosotros debemos acompañar a las personas para que así se visualicen.

Desconfiad de la escuela pedagógica social o del profesional que solo hable de la parte «técnica». No están trabajando para la educación social, sino para la educación industrial que nos han impuesto, donde hay trabajadores más y menos cualificados, los amos de los medios de producción (sí, ya sé, eso suena marxista) y luego están los sobrantes (recordad el dibujo de Tonucci).

Lo dicho. Educadores y educadoras sociales, seguid trabajando a tope, acompañemos con toda nuestra voluntad y hagámoslo también —siempre— con una mirada crítica y de clase. Recordad que todos estamos infinitamente más cerca de estar durmiendo en la calle entre cartones que de hacerlo en una mansión de multimillonarios.

Mi libro "Peones y otros relatos" disponible aquí.